La Diversidad: Frágil Envoltorio

110
Altar para honrar la diversidad. Foto por Lourdes Oliva

Por Nicolás Mareshall

Discutir el tema de la diversidad resulta justo y necesario en estos días cuando la integración racial, la transigencia y la tolerancia cuestionan profundamente el progreso, o avance en materia de desarrollo social en los Estados Unidos. Hoy, las escuelas y las calles parecen compartir un mismo escenario, demostraciones de intolerancia y de odio evidenciando actitudes y acciones deplorables que parecían escenas del pasado. Jóvenes de preparatoria o secundaria atacando a otros por el color de su piel, preferencia sexual o cultural; por otra parte, oponentes atropellando a manifestantes pacifistas quienes buscaban simplemente ejercer un derecho ciudadano. Situaciones que nos llevan a preguntarnos ¿Cuáles fueron los resultados de aquellas luchas políticas y sociales emblemáticas en pro de enmendar estos males sociales? Empezando por la Guerra de Secesión de 1861, continuando con las luchas por los derechos civiles de los años 60, aquellas marchas incansables como la de Selma a Montgomery (1965), y los discursos inolvidables de Martin Luther King. Sucede que el carácter de la sociedad estadounidense hoy nos muestra un avance que se esconde en los tinteros, en documentos y archivos distanciados de la realidad social y política actual.

La historia de este país comprende una continua transformación. Algunos cambios se sintieron y luego desaparecieron para darle lugar a otros, dejando fisuras, trastornos y remezones que todavía se siguen sintiendo. Friedrich Hegel, pensador alemán, plantea los hechos históricos como un proceso de acción y reacción, en un juego dialéctico; es decir, el progreso no es un hecho histórico unidireccional, único e indiferenciado, sino que también comprende retrocesos. Se entiende, por ejemplo, que múltiples y complejas fueron las causas de la guerra de Secesión, sin embargo, la protagonista de las causas no fue otra que la esclavitud. Este momento muestra históricamente uno de los primeros encuentros entre la voluntad de juristas blancos y las demandas de uno de los actores sociales más oprimidos, pero al mismo tiempo de mayor resiliencia como la comunidad afroamericana. Hecho que toma por sorpresa a los grupos, especialmente conservadores, obligándolos a redefinirse políticamente iniciándose acaso inadvertida y sigilosamente la discusión sobre el derecho ciudadano en los Estados Unidos. Por otra parte, el llamado a la conciencia humanista proclamada finalmente en las leyes de la Proclamación de Emancipación (1863) fue, después de la Guerra de Independencia, otro significativo emplazamiento popular atendido y enmendado, por lo menos en el tintero, por las cúpulas del poder. Por su parte, el periodo de La Reconstrucción (1865-1877), fue una etapa de acuerdos cuyas leyes reivindicaron esencialmente la conciencia cívica estadounidense, fue una manera de decir –aceptar estar en desacuerdo— (agree to disagree), adjudicándose un significativo avance en materia social y política con respecto a legislar sobre el control social y la opresión a la población afroamericana.

Sin embargo, como decíamos, la historia está sujeta a todo tipo de giros, de vueltas y el juego dialéctico tendría nuevamente su decir en el devenir histórico. De este modo, se replantearon los derechos adjudicados en el periodo de La Reconstrucción con las leyes de Jim Crow (1876- 1965). Leyes que propugnaban la segregación racial en todas las instalaciones públicas por mandato de iure (de derecho) bajo el lema «separados pero iguales» y se aplicaban a los afroamericanos y a otros grupos étnicos que no fuesen blancos. Es decir, se otorga un derecho el cual posteriormente se reinterpreta, ignorando y descalificando el significativo avance social y político antes adquirido. Aquellos pequeños resquicios que daban luz a un inicial proceso de integración racial, fueron eliminados por mandatos, por leyes y corazones de hierro. A fin de cuentas, una justicia demorada es una justicia negada, y el racismo se toma nuevamente las calles, las escuelas, y todos aquellos lugares donde se hace, o debiera hacerse culto a las buenas costumbres sociales.

En los “felices años 20”, época de un breve, pero significativo boom económico, Estados Unidos se convierte en la vedette del mundo, dando lugar a un modelo de vida conocido como “American way of life”. Fue la época del Jazz, del Charleston, y los blues, la palabra consumismo tomaba un auge impensado, y las palabras pobreza y fracaso distinguían la pereza, la falta de inteligencia y de competencia. Acaso otra manera sutil o subliminal de marginalizar, discriminar a los menos afortunados, a los recién llegados, a la sociedad más vulnerable de este país. Por otra parte, en los años 20, surgen a su vez los primeros monumentos a supremacistas blancos, entre ellos, el de Robert E. Lee, el general de más alto rango de los Estados Confederados de América durante la Guerra Civil, el conflicto más sangriento en la memoria de este país. Asimismo, durante los “Felices años 20” resurge irónicamente un antiguo demonio conocido como, Ku Klux Klan, nombre adoptado por varias organizaciones de extrema derecha en Estados Unidos, creadas en el siglo XIX, inmediatamente después de la Guerra de Secesión. Sin embargo, la “verbena discriminatoria” tiene un llamado de atención en los años 60. Una década donde se inicia una revolución musical, intelectual, social y política en los Estados Unidos.

Mientras por los suburbios de las grandes ciudades se oían Repiques de libertad intermitentes (Chimes of Freedom, 1964), afamada canción de Bob Dylan, Martin Luther King caminaba las avenidas del Capitolio con su aclamado discurso “I have a Dream” (Tengo un sueño). Fue la década de los derechos cívicos, la contracultura y la oposición a la guerra de Vietnam. Las mujeres, Los amerindios, los judíos, los afroamericanos, y los izquierdistas responden con canciones, con marchas, con discursos, a la opresión de la que son víctimas en el país. Dejando como resultado: La Ley de Derechos Civiles, la cual eliminó las formas más descaradas de segregación y discriminación, prohibiendo atropellos contra la dignidad humana que tenían siglos de antigüedad. La Ley de Derecho al Voto, por su parte, habilitó políticamente a millones de afroamericanos, resultando en un aumento de funcionarios de raza negra. Felizmente, las nuevas leyes entraron en vigor con efecto inmediato, dando la pauta a un comportamiento social, cultural y político más progresista.

Hoy, a pesar de todo…nos vuelve a llamar poderosamente la atención que ciento cincuenta años después de la Guerra Civil, hay más hombres negros atrapados en el sistema de justicia penal estadounidense que esclavos en 1850, como lo ha señalado Michelle Alexander, autora de The New Jim Crow (2010). Hoy, Wall Street y el sistema capitalista, son quienes perpetúan el legado racista de la esclavitud y de la desigualdad social al no invertir en los mecanismos compensatorios que fomentan la movilidad social, como el acceso a la educación, la salud, la creación de recursos socio-culturales, siendo éstos, factores esenciales para un desarrollo social estadounidense el cual refleja ir lamentablemente en decadencia. Finalmente, mientras las leyes no apoyen las medidas que reivindiquen a los desfavorecidos, el paso adelante, será más corto que los pasos hacia atrás, y se seguirán oyendo esporádicamente, Repiques de libertad…