Unidos desde la raíz: Coco de Pixar y la familia mexicana

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Por Raquel Enríquez*

Miguel tiene doce años y quiere ser músico. Tanto ama la música, que en su tiempo libre canta y aprende a tocar la guitarra. Pero conseguir su sueño no será tan sencillo: Miguel debe superar la oposición de su familia, que tiene una pésima opinión de los músicos y prefiere que el niño adopte el oficio familiar y sea zapatero.

La historia ocurre en el pequeño pueblo de Santa Cecilia (patrona de los músicos), pero lo mismo puede ser cualquier otro pueblo, con su iglesia, su plaza y su mercado. Miguel es un muchacho como cualquier otro, que cumple sus deberes, unas veces de buena gana y otras de malas; que se mete en problemas y trata de resolverlos antes de que se enteren los mayores; que comparte sus temores y deseos con los seres en los que más confía: su perro y su bisabuela.

La bisabuela, o “Mamá Coco”, es una anciana morena, de pocas palabras y sonrisa dulce, como todas las abuelas.

Aquí está la magia de Coco (Pixar, 2017): los problemas de Miguel se parecen un poco a los de todos nosotros; su madre, rígida pero generosa representa a todas las madres de México; su abuela (Mamá Elena) ejerce ese matriarcado feroz y cariñoso en el que se reconocen millones de familias en México, Italia, España o cualquier otro país.

Coco es, sobre todo, una historia acerca de la familia. La familia que a pesar de las distancias se mantiene unida para ofrecer apoyo sin condiciones a todos sus miembros; a pesar de sus errores y sus defectos; de sus éxitos y sus errores.

La familia fue un pilar fundamental en el crecimiento de Estados Unidos: durante los siglos XIX y XX, los inmigrantes de países como Irlanda, Alemania, Italia y Rusia se establecían en su nuevo hogar con el apoyo de las redes familiares y a través de esas redes organizaban la llegada de más inmigrantes. Las granjas familiares impulsaron la colonización de los estados del centro y la costa occidental de los Estados Unidos. Los negocios familiares son el motor económico de grandes regiones y proveen gran parte de la tecnología y manufactura especializadas, de las que dependen grandes corporaciones.

En México, la familia cubre los espacios que dejan sin atender un gobierno concentrado en los intereses de su clase política, y un sistema financiero que sólo llega a la mitad más próspera de la población. Los negocios, granjas y talleres familiares dan empleo a siete de cada diez mexicanos. 16 millones de mexicanos que viven y trabajan en Estados Unidos, envían a su familias más de 13 mil millones de dólares cada año, superando los ingresos nacionales por turismo y venta de petróleo.

Al mismo tiempo, estos trabajadores aportan a la economía estadounidense un consumo que equivale a la mitad de todo lo que consumen los mexicanos en su país. La mano de obra mexicana genera hasta el 10 por ciento del PIB de los Estados Unidos.

La aportación de las familias mexicanas a la economía de ambos países es indiscutible, pero esta riqueza proviene de un vínculo más poderoso que el dinero, o la necesidad de ganarlo: los lazos familiares, que se extienden a través de fronteras físicas, políticas y generacionales, para unir a las personas.

En Coco, la decimonovena película de los Estudios Pixar, las familias de todas las regiones, épocas y generaciones están unidas por un puente construido con flores. También los mexicanos a un lado y al otro de la frontera está unidos por un puente invisible. Una familia puede estar separada por miles de kilómetros, por montañas, ríos y aduanas, pero a través de la unión las personas superan los obstáculos, las familias persisten a través del tiempo, y las naciones se construyen.

Coco nos ofrece un mensaje más: lo mexicano no está en peligro frente al mundo. El Día de Muertos no desaparece ante el Halloween, ni los Reyes Magos serán sustituidos por Santa Claus; sólo hay que asistir a una fiesta mexicana para ver cómo las tradicionales y centenarias piñatas toman la forma de San Nicolás, o de cualquier personaje de Pixar sin dejar de ser mexicanas.

El mundo no amenaza a la identidad nacional, pero sí la enriquece y le da espacio para ser conocida y admirada por todos los habitantes del planeta. Las piñatas, los tacos, los colores, la música y hasta los perros mexicanos (los diminutos y fieles Chihuahua), llenan de admiración al planeta: lo mexicano enamora.

Es tiempo de que la familia mexicana también le muestre al mundo por qué es tan fuerte, a pesar de las fronteras y más allá de la muerte. Así lo muestra Coco.

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