El presidente de México Andrés Manuel López Obrador. Foto cortesía del Gobierno de México

El Presidente En Su Laberinto

Me complace que los privilegiados de siempre, los parásitos de toda la vida; ellos y sus voceros y mercenarios, se retuerzan y despotriquen contra el presidente (antes, durante y después de las elecciones). Eso habla bien del mismo. Para eso lo elegimos muchos, para dar fin a un régimen corrupto, inepto, entreguista y criminal; lo cual no es poca cosa. La izquierda histórica de México no pudo hacerlo hasta hoy. Por ello, Andrés Manuel López Obrador pasará a la historia del país como un activo de la misma. De allí en adelante, sin embargo, no veo hasta el momento señales que me apuren a echar las campanas al vuelo. 

AMLO es tan liberal como conservador, tan demócrata como autoritario, tan progresista como retrógrado, tan engreído como sencillo, tan visionario como miope, tan humilde como soberbio, tan ilustrado como ignorante. De personaje tan singular podría decirse algo parecido, guardada toda proporción y más con fines de analogía que de riguroso juicio, a lo que Charles Dickens escribió al inicio de su icónica novela Historia de Dos Ciudades: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”.

Aclaro que no hablo de sus características humanas como el individuo que es, porque eso le pertenece a él y a sus cercanos. Me refiero a su figura como hombre público, como el ciudadano más influyente y poderoso del país. Como tal lo veo y lo respeto, aunque no me inspira ni la confianza ni el optimismo que yo quisiera me inspirase. Por otra parte, no soslayo sus méritos. El país necesitaba al mando un político honesto, férreo y bien intencionado, y ahora lo tiene. Pero ese político carece de una ideología clara y coherente. En ese aspecto es tan débil y contradictorio como el resto de los políticos que nos han gobernado. Sus incongruencias retóricas, sus exabruptos verbales y sus pedestres ocurrencias cotidianas lo convierten en un líder que avanza y retrocede, que conduce la nación a tumbos y trompicones, pues donde no hay claridad ideológica tampoco hay definición programática ni ecuanimidad; ni la elocuencia persuasiva que podría evitar polarizaciones innecesarias tanto en el espectro político como en la esfera de lo estrictamente social.

Es de encomiar, eso sí, su habilidad para hablarle al oído a los más pobres y ponerlos de su lado, incluso de manera incondicional. Su carisma entre las masas populares es indiscutible. Los romanos imperiales dirían de tal Pontifex Maximus que el populacho lo venera. Por otra parte, su apología de la pobreza es indignante para todo ser pensante de izquierda. No, AMLO no es el estadista sabio y visionario que México necesita para diseñar y conducir una transformación sustancial de la economía y la política mexicanas. Pero es lo que hay, es lo que tenemos. No hubo en su momento, ni lo hay a la vista, un dirigente capaz de aglutinar las fuerzas tan disímbolas de nuestra sociedad en torno a un proyecto político realista y verdaderamente progresista. El partido que lo llevó al poder es más de lo mismo, “una maquinaria electoral vacía”, a decir del doctor Enrique Dussel, secretario de formación política de morena; y con ello no se distingue en nada de los demás componentes de la tan mediocre como ambiciosa partidocracia mexicana.

Evaluar la gestión del presidente López Obrador es en extremo difícil dado su desorden y su gelatinosidad ideológica, misma que se traduce en desvarío político. Es un personaje que puede inspirarlo todo al mismo tiempo (como en Historia De Dos Ciudades), pues a las conciencias críticas no nos dice nada claro y convincente en concreto. Pero es lo que hay, es lo que tenemos. Al menos no pretende enriquecerse ilícitamente como sus predecesores y ostenta una respetable predilección por los marginados y los menos favorecidos en este sistema económico injusto y depredador que todo lo degrada y todo lo corrompe en aras de la ganancia máxima a cualquier costo.

Debo decir, finalmente, que aunque su forma de conducir el país no termina de convencerme (con todo y sus notables aciertos), es el timonel de la nación y se ganó el puesto legítima y contundentemente hace tres años, hecho que fue confirmado, con un porcentaje de participación del 52.66%, el 6 de junio pasado cuando la pérdida de la mayoría calificada en el Congreso y la notoria debacle morenista en la Ciudad de México (perdió 9 de 16 alcaldías), fue ampliamente compensada por el triunfo en 11 de las 15 gubernaturas en disputa, con lo cual ensancha considerablemente su poder territorial. Si antes de las elecciones el partido del presidente gobernaba 37.5 millones de mexicanos de siete entidades (CDMX, Veracruz, Puebla, Baja California, Morelos, Veracruz y Tabasco), ahora lo hará sobre 58 millones de mexicanos, agregando a los ya gobernados los estados de Baja California Sur, Campeche, Colima, Michoacán, Nayarit, Sinaloa, Tlaxcala, Zacatecas, Guerrero y Sonora.  

Es curioso que todos los partidos políticos se esmeran (evidentemente con fines propagandísticos) en una narrativa que los pinta triunfadores; lo cierto es que, numeritos a favor por aquí, numeritos en contra por allá, el partido morena sigue llevando la voz cantante en el desafinado coro de la democracia mexicana. De 32 ciudades capitales gobernará 13, y de 2,469 municipios gobernará en 658 (el equivalente a poco más del 26%), 163 municipios más que en 2018.

Así las cosas, a justo la mitad del sexenio no me resta más que desearle buen tino en sus políticas y actos de gobierno, porque de lo contrario nos irá del carajo a todos. Y no, aunque algunos piensen que la solución sería `derrocarlo´ o debilitarlo, no es ese el camino inteligente. AMLO es el presidente legítimo de México, nos guste o no, y su deber y bien ganado derecho es concluir su gestión y hacerlo con el mayor éxito posible y en paz, por el bien de todos los mexicanos y de quienes en este país habitan. Si Andrés Manuel se pierde en su laberinto, no será sólo su extravío. 

Cuando concluya el mandato para el cual fue elegido en 2018 y que le fue refrendado de facto este 6 de junio, no se iría solo a su rancho…

P.D. El rancho de AMLO en Chiapas lleva por nombre “La Chingada”.

  • Julio César Ocaña, originario de Tuxpan, Michoacán, México. Es analista político, escritor y periodista. Estudió economía política en Berlín, República Democrática Alemana.

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