DACA un derecho constitucional mercantilizado

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Foto de “marzo para defender DACA” en Fresno. Foto por Peter Maiden.

Por Nicolás Mareshall

El debate acerca de la identidad cultural es un debate abierto a todo tipo de especulaciones, ansiedades, esperanzas y desánimos. No se trata de un debate insignificante. Tiene que ver con todos nosotros, con lo que somos o hemos sido, pero sobre todo, con aquello que seremos.

Cuando el derecho a la realización personal está sujeto a un juego de intereses, principios y juicios que excluyen y marginalizan, se ven afectados el sentido de pertenencia, la inserción social y el deber cívico. Hoy, las vidas de más de 750,000 jóvenes, conocidos como Dreamers, se ven afectadas por estas circunstancias, convaleciendo de una penosa situación social, política y económica.

Para tener una visión objetiva se debe analizar el tema de los Dreamers desde varias ópticas que analizan los distintitos discursos, no solo del público y oficial, sino también el interior y el testimonial.

Los jóvenes afectados son, en su gran mayoría, jóvenes mexicanos que por cuestiones ajenas a su voluntad tuvieron que dejar su lugar de origen para después entrar en un proceso de aculturación. Conviviendo, colaborando y participando de la diversidad cultural estadounidense. Todos estos son factores fundamentales en su vida y conforman una identidad cultural. Por ende, viéndose afectadas las condiciones sociales y políticas de estos jóvenes también se lastima el lado humano, el carácter personal, aquel que se ve reflejado en la esencia-naturaleza del ser.

Al negarles sus derechos de ciudadanos, al no reconocerles su carácter identitario con la cultura adoptada se abre la pregunta: ¿qué son? O, ¿quiénes son?

Tratando de entender el problema de identidad, los que se oponen a los Dreamers, tienen también una situación de identidad. Se identifican como “Americanos blancos” y no toleran la incorporación de otros grupos que para ellos entran a cambiar o modificar su cultura —se vuelven xenófobos—. Aquellos que se identifican como “Americanos blancos” por una parte, desconocen o niegan su propio origen, aunque saben que, al igual que los “Dreamers”, también emigraron y son el resultado de generaciones pasadas que lograron finalmente establecerse en este país.

Uno de estos casos lo representan los inmigrantes mexicanos, quienes influyen profunda y ampliamente en la corriente cultural establecida (mainstream culture).

Samuel Huntington, en su libro, Quienes somos: Los desafíos de la identidad estadounidense (2004), analiza la crisis identitaria de los estadounidenses, examinando el impacto de otras civilizaciones y la influencia de sus valores en los Estados Unidos. El desafío acaso más significativo para la cultura media americana, según Huntington, es el problema de la hispanización de aquellas regiones adyacentes a los Estados Unidos y tomadas de México. Su principal preocupación radica en que el fenómeno de la migración pudiera en su momento bifurcar o dividir a los Estados Unidos. Huntington argumenta que existen profundas diferencias entre la cultura de un anglo americano protestante y la cultura hispana fundada en el catolicismo.

Lionel Sosa, un empresario texano, mexicoamericano, resume las dificultades de la inmigración mexicana así: “[…] falta de confianza de las personas fuera del círculo familiar; falta de iniciativa, confiabilidad y ambición; bajo interés por la educación; la aceptación de la pobreza como una virtud para ganarse el cielo” (254). Este resumen nos ejemplifica de una manera puntual uno de los desafíos menos visibles, pero no menos significativo para los Dreamers. Es decir, más allá de los conflictos ideológicos, económicos y/o políticos que pudieran adjudicársele a esta situación, la lucha por el poder de los “Blancos americanos” se centra fundamentalmente en evitar, soslayar y devaluar los valores sociales y culturales de la comunidad mexicana en los Estados Unidos, en tanto que vulnera su propia cultura.

Aquellos grupos que se oponen a DACA, en el fondo buscan excluir y/o minimizar su inserción social, desconocer su aporte; es decir, privarles de su origen, desconociéndoles su sentido identitario, marginalizándolos finalmente de la corriente cultural establecida. Oposición la cual nos llama poderosamente la atención por ser en muchos casos una intransigencia apoyada, o permitida por los mismos inmigrantes, por ejemplo, el voto hispano en las últimas elecciones. Éste no reflejó los ataques recibidos por el presidente electo, quien se había expresado de la comunidad latina como violadores, narcotraficantes y criminales. Los que se oponen ejercen una práctica absurda igualmente irónica si recordamos que Estados Unidos es un país cuya identidad cultural se forjó precisamente en respetar el valor de la inclusión “E Pluribus Unum”.

Por otra parte, los Dreamers son jóvenes que se han ganado a pulso sus derechos en este país. Tomemos por ejemplo un estudio hecho por la Universidad de California en San Diego, el cual nos señala que el 95 % de los Dreamers tiene trabajo o estudia, el 12 % compró casa, el 47% abrió una cuenta bancaria. Es decir, los Dreamers no son oportunistas que vienen robar del sueño americano; al contrario, son personas, seres humanos en la búsqueda de una alternativa de vida, tratando de encontrar y de alcanzar la oportunidad de ser felices, como lo declarará Abraham Lincoln un 4 de julio de 1776, en la aclamada Declaración de Independencia.

En fin, se debe comprender y aceptar la historia de los inmigrantes como una de lucha y de sacrificios. El testimonio de los Dreamers representa un acontecimiento ejemplar, en que asumen y enfrentan desafíos propios de tiempos inciertos y peligrosos. Los Dreamers son, acaso, una mirada retrospectiva, una inspección a la memoria colectiva del origen de la cultura hispana en los Estados Unidos, partiendo de su geografía física, política, y su herencia cultural.