La ciudad de Pátzcuaro, en Michoacán, es un gran atractivo turístico. Foto de Eduardo Stanley

Caminos de Michoacán

Por Julio César Ocaña

Es, sin duda alguna, la canción más popular en el estado de Juan Colorado. Los “Caminos de Michoacán”, esa pieza infaltable en toda fiesta mexicana que pone a todos a bailar, da cuenta de un migrante que viene “de tierras lejanas”, de un galán que emigra en su misma tierra, de pueblo en pueblo, en búsqueda afanosa de su “cariñito”. 

No hay mexicano que no conozca la tonada y el estribillo. Algunos la sabemos completa y para los michoacanos es una especie de “México lindo y querido” cuando andamos fuera del terruño. La nostalgia nos pone a cantar. Los michoacanos somos migrantes, andadores de caminos por antonomasia. Y no sólo musicalmente hablando. La entidad es la segunda en el país que reporta el índice más alto de emigración, por debajo de Guanajuato y por arriba de Puebla y Jalisco. Baste un dato esclarecedor: en los Estados Unidos de Norteamérica viven alrededor de cuatro millones de michoacanos, en tanto que la población actual que radica en el estado de Michoacán asciende a 4.5 millones de personas. 

Es decir, en el mundo existen prácticamente dos “Michoacanes”, uno en México y otro en el vecino país del norte. Los estados de la Unión Americana que más michoacanos alojan son: California, con 46.7%; Illinois, con 12.4%; Texas, con 10.9% Georgia con 3.6%, y Florida, con 2.3%. He ahí la relevancia y la trascendencia del tema para pueblo y gobierno. Por eso me llamó tanto la atención que en el sexto informe del gobernador saliente, Silvano Aureoles Conejo, no aparecieran las palabras “migrante” o “migración” ni en un sola ocasión. Y el legajo cuenta con 418 páginas, más 396 del anexo: 814 páginas en total. Sin duda alguna, se trata de un omisión ominosa. Esto, a pesar de que bajo su gestión se mantuvo vigente el famoso programa “Palomas mensajeras”, que está dirigido a personas adultas mayores de 60 años con familiares directos en Estados Unidos y que tiene como finalidad impulsar la reunificación familiar. El programa, cuya intención no está nada mal, es un esfuerzo, sin duda noble, que implica la colaboración tanto del gobierno estatal, a través de la (por poco desaparecida) Secretaría del Migrante, como de la embajada de USA en México, y de los Ayuntamientos y los migrantes organizados en el país vecino. 

¿Qué le hubiera costado al exgobernador hacer mención de los resultados obtenidos por dicho programa? ¿O no hubo resultados? ¿O fueron estos muy parcos para ser “presumidos”? Como sea que fuere, el hecho es que el tema migratorio no le fue relevante a la hora de despedirse de los 4.5 millones de michoacanos que mal gobernó durante los seis años, que ya podemos considerar perdidos, de su cuestionada administración. Ni una palabra sobre los cuatro millones de michoacanos en el extranjero. Esos mismos (y todos los demás) a quienes Donald Trump fustigara con la frase lapidaria de que “el sueño americano no es para ellos”. Por lo visto, tampoco “el sueño michoacano”. Si bien acá no fueron fustigados con palabras hirientes, sí lo fueron con un látigo tal vez más letal, el de la indiferencia gubernamental. 

Conocemos de primera mano, más allá de sesudos análisis, las motivaciones profundas de la gente que se ve orillada a dejar su país para mudarse a otro con fines de trabajo, frecuentemente en condiciones de riesgo extremo. Todos ellos lo hacen por el sueño de vivir mejor. Todos ellos lo hacen por ellos y por sus familias. Las razones fundamentales habían sido, hasta hace relativamente poco, de carácter filial y económico. Sin embargo, a últimas fechas podemos constatar, todavía sin datos estadísticos minuciosos, que se está dando un fenómeno de desplazamiento forzado por la violencia con que son azotadas cuantiosas poblaciones y ciudades michoacanas, particularmente en la región de Tierra Caliente. Violencia desatada por la cruenta disputa entre los cárteles Jalisco Nueva Generación y el grupo autodenominado Cárteles Unidos de Michoacán. Ambas organizaciones criminales mantienen una guerra de alta intensidad por el control de los municipios de Apatzingán, Tepalcatepec, Coalcomán, Aquila y Aguililla, principalmente. Por lo  menos, 2 mil 750 familias se han visto orilladas a abandonar abruptamente sus localidades, y la mayor parte de ellas se han aventurado a emigrar incluso con la familia entera. Datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) evidencian que las principales causas de la emigración actual en el estado de Michoacán de Ocampo son: reunirse con la familia, 42.2 %; buscar trabajo,14.3%; Cambio de oferta de trabajo, 12.1%; desastres naturales 0.2%. Y, ojo: 25.5% debido a la inseguridad y a la violencia delictiva en sus comunidades.

Son conocidas las palabras del profesor, periodista y político potosino Librado Rivera, quien afirmara en alguna ocasión que: “Si fuera la patria como una madre cariñosa que da abrigo y sustento a sus hijos, si se les diera tierras y herramientas para sembrar, nadie abandonaría su patria para ir a mendigar”. Eran otros tiempos, los de la dictadura de Porfirio Díaz, y el clamor popular era, en ese entonces: “Tierra y libertad”. Hoy es distinto, el reparto agrario no está en el orden del día de la nación mexicana; son las oportunidades de trabajo y la posibilidad, para muchos jóvenes profesionistas, de desempeñarse dignamente en las profesiones a las que tanto tiempo y esfuerzo dedicaron; son la educación, la salud, la seguridad y, el colmo: la paz. El clamor de los michoacanos, como el de todos los mexicanos, el principal de todos (en tiempos de paz), es, ¡Por Dios!, la paz. A ese grado hemos llegado. Hoy, el grito de guerra de los mexicanos, no es ¡Tierra y Libertad! Es: ¡Paz y seguridad! 

Con gran algarabía, nos enteramos de que México reemplazará a Irlanda en la presidencia  del Consejo de Seguridad de la ONU, y es tanta la relevancia del acontecimiento que el presidente transformador de la república está analizando la posibilidad de asistir al evento protocolario de toma de tan importante cargo y encargo. El Consejo de Seguridad tiene la responsabilidad de mantener la paz y la seguridad internacional. Está conformado por 15 integrantes y cada uno de ellos tiene un voto. Se trata del único órgano de la ONU cuyas decisiones son obligatorias para los Estados miembros.

Qué bien por el gobierno de la república. Qué bien que ahora tendrá en sus manos la seguridad y la paz mundial (hasta donde se pueda decir, sin mentir un poquito, que “tiene en sus manos…”).

Desde el corazón de la tierra de Juan Colorado, desde la tierra del máximo Siervo de la Nación; desde la tierra  de Melchor Ocampo, de los generales Cárdenas y Múgica… Y, por qué no, desde la tierra de Marco Antonio Solís y Juan Gabriel, deseo una exitosa gestión a México al frente del Consejo de Seguridad de la ONU. Mientras tanto, por acá seguiremos cantando y andando los Caminos de Michoacán, siempre en pos de ese “cariñito” que no sabemos por dónde se halla, y ojalá que cada vez menos orillados por la búsqueda afanosa, ya desesperada, de la paz y la seguridad que nos han robado criminales impunes, más envalentonados cada día ante la ineptitud y la insolvencia política de gobernantes que no pueden cumplir con (“lo que viene siendo”) la razón de ser y principal función del Estado: garantizar la paz y salvaguardar la integridad física (léase: seguridad) del pueblo al cual se deben.

“… Si saben en dónde está ¿por qué me la están negando?…”

  • Julio César Ocaña, originario de Tuxpan, Michoacán, México. Es analista político, escritor y periodista. Estudió economía política en Berlín, República Democrática Alemana.

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