CAMINOS DE ESPERANZA

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Por Gustavo Esteva

Sobran motivos y razones para preocuparse. Al despertar, la pesadilla no se esfumó. Estaba en el mundo real, no en el sueño.

Nos preocupamos los mexicanos, especialmente los que viven en Estados Unidos, pero no solamente nosotros. La inquietud recorre América Latina, Estados Unidos, el mundo entero… No es solamente por lo que hará o no el presidente Trump cuando tome posesión. Es que hemos entrado en un periodo de radical incertidumbre. Quien diga que sabe lo que va a pasar es que no tiene suficiente información. No sabemos. El futuro ya no tiene futuro. Debemos desconfiar de cualquier promesa de tierra prometida.

No es novedad lo que está pasando. Lo saben bien las personas de color, los indocumentados, las mujeres. Lo que es novedoso es que se haya descubierto el velo que lo cubría. Hoy se muestra, con cinismo y desfachatez, lo que por muchos años se intentó encubrir: la naturaleza del régimen en que vivimos.

Se derrumbó la ilusión que rodeaba al régimen político, la democracia, el modelo que se inventó en Estados Unidos hace poco más de dos siglos y prevalece en casi todo el mundo. Cuando Alexis de Tocqueville lo descubrió a mediados del siglo XIX quedó deslumbrado ante sus virtudes. Advirtió sobre los riesgos de la “tiranía de las mayorías”, pero no logró ver que el despotismo, lo mismo que el racismo y el sexismo no son una anomalía o una perversión, pues  se encuentran en la naturaleza misma de este régimen. Lo verdaderamente extraño es que quienes  controlan para su beneficio este régimen hayan permitido que se hicieran evidentes sus rasgos. Quedó a la vista de todos que el emperador está desnudo.

Hace cien años el gran intelectual negro W.E.B. Dubois reveló el carácter de ese régimen al llamarlo “despotismo democrático”. No es por accidente que las dos sociedades que inventaron la “democracia”, la ateniense, que acuñó el término, y la estadounidense, que le dio su forma moderna, hayan sido sociedades con esclavos. En los últimos 150 años se coloreó la esclavitud y se convenció a la mayoría de la gente que en las sociedades democráticas prevalece la libertad, que todas y todos pueden hacer lo que quieran, que Estados Unidos es the land of the free y que este elemento es la base del American Dream…

La ilusión no se derrumbó el 8 de noviembre. Fue un largo proceso. La insurrección zapatista, el 1º de enero de 1994, contribuyó a generar los movimientos antisistémicos. Se extendió el desencanto con la “democracia de representación”. ¡Que se vayan todos!, dijeron los argentinos en 2001. “Mis sueños no caben en tus urnas”, advirtieron los Indignados, en España. Occupy Wall Street marcó el despertar. Al señalar que ese régimen estaba al servicio del 1% produjo un inmenso efecto ¡Ajá!: millones de personas se permitieron decir en voz alta lo que hace tiempo sabían.

La democracia estadounidense, como todas las demás, se basaba en una creencia general: que el procedimiento electoral era eficaz y confiable, y que las personas elegidas con ese procedimiento representaban realmente los intereses y deseos de la mayoría. Está hoy a la vista que la herramienta es despótica y tramposa. La desconfianza sobre el procedimiento mismo es enteramente general; 80% de los norteamericanos sentían asco de las campañas; nadie puede ya negar la manipulación que caracteriza el mecanismo o confiar en su operación. Menos aún puede afirmarse que los elegidos representan realmente el interés general. Cunde en todas partes una desconfianza profunda en los políticos y en el aparato mismo.

Es importante reconocer que racismo y sexismo son inherentes a este régimen, no accidentes, desviaciones o patologías. Dubois mostró la complicidad de los súbditos del nuevo régimen con el grupo que lo controla y lo aprovecha. El dispositivo se consolidó cuando se unieron capital y trabajo para explotar y despojar conjuntamente a personas, grupos y países de colores más oscuros. Las feministas revelaron, casi al mismo tiempo, la naturaleza sexista del régimen, que no se eliminó por el triunfo de las sufragistas o el régimen de cuotas por género en el sistema de representación; las mujeres siguen siendo “la última colonia”. Los vientos actuales, más allá de la globalización neoliberal, tienen claramente el signo de la “línea de color” que Dubois denunció: se basan en la complicidad de súbditos y elites para la explotación y despojo de personas, grupos y países de otro color o de otro género.

El desprecio por los mexicanos es muy antiguo. Una ojeada a las discusiones en el Congreso Estadounidense en 1847, cuando decidieron quedarse solamente con la mitad de lo que había sido México, puede mostrar su carácter. La actitud tiene en parte fundamento. Hay razones sobradas para despreciar a las clases dirigentes mexicanas, que sólo miran hacia el Norte y se van a curar los catarros a Houston; según el intelectual mexicano Monsiváis, son “los primeros estadounidenses nacidos en México”.

Estamos en una encrucijada. Podemos dejarnos llevar al abismo autoritario y violento abierto ante nosotros, un mundo en que millones de seres humanos se han vuelto prescindibles y la miseria se extiende. O bien, podemos aprovechar la circunstancia para construir al fin la sociedad en que soñamos.

No hay lugar al optimismo, pero sí a la esperanza. Y esta esperanza tiene dos fuentes. Una es que se multiplican iniciativas y propuestas que crean cotidianamente alternativas. Y otras es que les surgen aliados inesperados, para enfrentarse a la opresión y discriminación que sólo reconocían los más pobres, las mujeres y la gente de color. Quienes pensaban aún que Estados Unidos eran una bendición para el mundo y que su sociedad era la mejor, empiezan a reconocer lo que es y lo que hace. Se forman, por todas partes, coaliciones de descontentos que eran impensables.

Se extiende la fórmula de un NO y muchos SÍES. Personas de muy diversos grupos e ideologías, que estaban enfrentadas o por lo menos fragmentadas, se unen hoy en la resistencia. Ante amenazas de alcance nacional o global, se juntan manos, cabezas y corazones para oponerse a ellas, para ofrecer mutua solidaridad, para detener la oleada de acciones destructivas, muchas de carácter suicida, que desde arriba se siguen promoviendo.

El NO exige alianzas extendidas. Los SÍES son estrictamente locales. Toman forma en la vida cotidiana, cuando la gente empieza a construir autonomía y rompe, pasito a pasito, su dependencia del mercado y del Estado. Se ocupa por sí misma de comer, sanar, aprender, habitar… Empieza sembrando una maceta en el porche y al rato ya tiene un huerto en el traspatio. Inicia una pequeña rebelión contra la dictadura médica, tirando a la basura algunas píldoras, y al rato recupera toda su capacidad autónoma de sanar. Rompe una por una las cadenas que la atan a la domesticación educativa, dentro y fuera de la escuela, para recuperar la libertad de aprender…

La esperanza surge, sobre todo, cuando se observa cada día que alguna persona ha logrado al fin vencer al fascista que todos llevamos adentro, el que nos hace desear que alguien gobierne nuestra vida. Cada día, alguien, muchos, millones, empiezan a concebir y llevar a la práctica formas comunales de gobernar su propia vida.

San Pablo Etla, diciembre de 2016

gustavoesteva@gmail.com

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Gustavo Esteva es un activista de base y un intelectual público que reside en una pequeña aldea zapoteca en Oaxaca, en el sur de México.