
(Nota del Editor: se reproduce este artículo con la correspondiente autorización de Hispanicla.com)
La pregunta no es si Estados Unidos va a iniciar una guerra, sino dónde y cuándo. Lejos quedó aquel Donald Trump de hace un año, cuando en vísperas de asumir su segundo mandato, repetía que, una vez en el poder, acabaría en dos días con la guerra entre Ucrania y Rusia. Y no es que fuera totalmente mentira, quizá sí existía esa intención en su fuero íntimo, porque hay que recordar que, en su primer mandato, no comenzó ninguna guerra. Pero este Trump «segunda parte» es muy distinto al que asumió en 2016. Y es que este año, el hombre va a cumplir 80, y a esa edad, y con el ritmo de exigencia de la alta política, 10 años se sienten. Y todo esto se nota, por ejemplo, en la influencia que está teniendo en este segundo mandato su entorno de halcones liderado por Marco Rubio.
Casi podríamos marcar un paralelo entre Estados Unidos y Trump
El país, con vocación imperialista desde su misma formación como Estado nación, transita su decadencia final en casi todos los aspectos: económico, político, social y moral. Pero no en el ámbito militar, lo cual lo vuelve más impredecible y más peligroso en su decadencia. Trump, lo mismo, en su ocaso, en vez de volverse más sabio y aprovechar la experiencia, está más y más violento y desorientado. Es que alguien que basó su impronta personal en el macho alfa, cuando no puede escapar a los años, necesita sobreactuar una pulsión vital que ya no es. Se reía de Joe Biden y ahora le está pasando algo parecido, y no sé qué es peor, si equivocarse los nombres de las personas, como le sucedía al ex presidente, o pelearse con todos a la vez, como hace éste.
Después del ataque ilegal contra Venezuela y del secuestro de su presidente, el músculo no duerme, la ambición no descansa. No hay un día en que Trump o su secretario de Estado no amenacen con robarse Groenlandia, o que anuncien un ataque a Irán, lo cual podría tener consecuencias catastróficas.
A esta altura del partido, ya no se puede pronosticar nada, por el grado de alienación de un personaje que está poniendo realmente al mundo en riesgo. Tanto estudiar geopolítica, historia, comportamientos de los Estados, intereses, estrategias, para que cada tanto aparezca un desquiciado que manda todo por el aire. Eso puede pasar y está pasando.
Pero si nos aferramos a un último vestigio de razonabilidad, deberíamos prever que, con Irán, la cosa no pase de amenazas, y que lo de Groenlandia se termine resolviendo con plata. Voy a explicarlo.
Una ebullición sin descanso
La tensión que sigue subiendo con Irán es, quizá, un capítulo más de la guerra híbrida que viene haciéndole Estados Unidos desde hace años, quizá desde el mismísimo 1979 cuando la Revolución Islámica de los ayatolas derrocó al déspota sha Reza Palhevi, títere impuesto por el propio Estados Unidos, cuando la CIA dio el golpe de Estado en 1953 contra el gobierno de Mohammad Mosaddegh que había nacionalizado el petróleo. Ahora resulta que aparece en Estados Unidos el hijo del sha, diciendo que va a volver a Irán de la mano de Estados Unidos.
Nunca se puede prever tampoco la respuesta a un eventual ataque, sobre todo después de la sorpresa por la inacción en Venezuela, pero es probable que un ataque estadounidense desatara una catástrofe, al menos regional, por el poderío bélico de la República Islámica de Irán. Más lógico, aunque perverso desde la realpolitik, sería que el Imperio continuara con su guerra híbrida, usando los medios de prensa occidentales para desacreditar a Irán, y fogoneando protestas dentro del país a través de sus ONGs.
Distinto es el caso de Groenlandia, que aparece como una prioridad geoestratégica para Trump. Lo ha dicho y lo repite, quiere anexionar la isla «por las buenas o por las malas», invocando razones de seguridad nacional.
Ya en su primer mandato había buscado comprar la isla a Dinamarca, su metrópolis. No tuvo éxito y llegó a proponer a Copenhague un canje por Puerto Rico. Tampoco le dio resultado. Ahora, este Trump recargado, rápido y furioso, vuelve a la carga con un discurso más belicista.
No creo que llegue a ocupar Groenlandia por la fuerza, porque sería realmente el fin de la OTAN, y terminaría siendo peor el remedio que la enfermedad. Si busca mover fichas estratégicamente pensando en Rusia y en China, perder la OTAN es peor que seguir sin Groenlandia. Pero sí podría ser que todo esto se trate de uno más de los episodios de regateo barato de Trump. En su cabeza de empresario que negocia como si estuviera en una feria de pulgas, él piensa que amenazar con una guerra que dejaría a Dinamarca sin nada, puede llevar a ese país a preferir vender la isla, y al menos quedarse con unos euritos. Y puede ser que le salga bien la jugada, habrá que ver.
Por ahora, Dinamarca ha puesto el grito en el cielo, denunciando la actitud hostil de un supuesto aliado. Y con ella, se expresaron seis países europeos (España, Alemania, Francia, Italia, Polonia y Reino Unido), que firmaron una declaración conjunta en la que dicen que «Groenlandia pertenece a su pueblo. Solo Dinamarca y Groenlandia pueden decidir sobre su futuro». Curiosamente, la declaración no fue suscripta por los «hermanos» escandinavos: ni Noruega, ni Suecia, ni Finlandia, ni Islandia. Mutis por el foro.
En cuanto a los más interesados, los groenlandeses, mostraron hasta ahora una unión monolítica, con un comunicado conjunto de todos los partidos políticos locales titulado «Estamos juntos como un pueblo». Los líderes de las cinco fuerzas con representación en el Inatsisartut, el Parlamento groenlandés, afirmaron que no existe ninguna base legal ni política para que Washington intervenga en su territorio. «No queremos ser estadounidenses, no queremos ser daneses, queremos ser groenlandeses»; señalaron en el documento difundido desde Nuuk, la capital.
