
“El trabajo que hacemos aquí es ayuda mutua y respuesta rápida”. —Mark Godfree
“Ver a hombres adultos llorando a mares es abrumador. Pero ver a muchachos jóvenes, verlos salir, podrían ser mis sobrinos, podrían ser mis nietos”. —Monica Butterfly
Casi todos los días, cuatro o cinco voluntarios llegan a la oficina del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en Fresno para dar apoyo y asistencia a los inmigrantes que salen de la detención y quedan en la calle L. Para algunos, es la única ayuda disponible para quienes se encuentran en un lugar desconocido con pocos recursos o ninguno. Si tienen suerte, los recibirá un voluntario con una mano amiga.
La sede de ICE en Fresno es un edificio grande de ladrillo gris en el centro de la ciudad. Aquí se procesa a seres humanos de todo el mundo. A algunos los citan y llegan por su cuenta. A otros los traen en camionetas blancas y se los traga la imponente estructura. Después del interrogatorio de los funcionarios de inmigración, terminan en un campo de detención o de vuelta en la calle. Ahí es donde entran Mark Godfree y Monica Butterfly. Están aquí seis mañanas a la semana para ayudar a quienes son liberados y tratan de encontrar el camino de regreso a casa.
Mark y Monica forman parte de un pequeño grupo de vecinos dedicado a ofrecer algo de consuelo y ayuda práctica a los inmigrantes que quedan en la calle en un lugar desconocido. Un completo desconocido sin rumbo a casa, como dice la canción. La mayoría llega traumatizada por lo que vivió. Durante esta jornada en particular, comparten la calle con una vigilia organizada por Faith in the Valley, cuyos integrantes ofrecen oraciones y dan testimonio del sufrimiento de sus semejantes.
Mark describe lo que pasa cuando se encuentran con los inmigrantes al salir del edificio de ICE. Lleva puesta una playera con el mensaje “We Are Here to Help” (Estamos aquí para ayudar) en varios idiomas. “Lo primero que hacemos es, es saludarlos y tratar de que nos reconozcan como gente amiga, ¿verdad? Que estamos aquí para ayudar. Y esta playera es parte de eso. Y luego tratamos de determinar qué idioma hablan para saber quién de nuestro grupo… Y básicamente solo estamos equipados para el inglés y el español”. Agrega que se topan con personas que hablan muchos otros idiomas y a quienes tratan de ayudar como pueden.
ICE deja salir a la gente a la ciudad con unas cuantas pertenencias en esas bolsas rojas de red de plástico que dan en el mercado con cebollas o naranjas. Voluntarios como Mark y Monica les ofrecen mochilas con algo de ropa y artículos de higiene personal. Es una aportación que sale del bolsillo de quienes hacen el trabajo. Una de las maneras en que dan ayuda es el Backpack Project (Proyecto Mochila). Monica dice que ayuda a devolverles algo de dignidad.
“Ese proyecto lo empezó otra pareja que acompañó a uno de los hombres de regreso con su familia”, explica Monica. “Se encontraron a medio camino entre aquí y Los Ángeles. Y a ella le dio mucha tristeza que él se bajara a ver a su esposa y a sus hijos vestido de esa manera y cargando esa bolsa roja. Y quedó desconsolada. Y dice: ‘Los hemos despojado de toda su dignidad. ¿Qué podemos hacer para devolvérsela?’”.
La ropa limpia y los zapatos decentes son parte importante de lo que se les da a los inmigrantes. Mark señala una tienda de segunda mano cercana a donde llevan a la gente para conseguir ropa de calle. “Porque salen con los uniformes grises y básicamente parecen alguien que estuvo en la cárcel. Entonces les ofrecemos una muda de ropa, que les ayuda a empezar a sentirse un poco más humanos. Andan vestidos normal, como cualquier persona. Y está limpia, porque huelen cuando salen, porque ellos (ICE) no los dejan bañarse mucho. Y de vez en cuando algunos entran a una cita de control y ya no salen. Y de esas personas, yo diría que 100% son deportadas”.
Mark señala que las personas que ICE deja en la calle tienen otra necesidad crítica: una manera de comunicarse con familiares y amigos y de encontrar el camino a casa. “Comunicación. Les dejamos llamar a su familia con nuestros celulares. Y también hay una agencia en la ciudad que nos está comprando celulares”. Los voluntarios también dan transporte a lugares donde las personas liberadas pueden reunirse con su familia, o al aeropuerto, la estación de tren o la central de autobuses. Si hace falta, les compran el boleto del viaje.
La oficina de ICE no tiene un horario fijo y libera a las personas detenidas a cualquier hora del día o de la noche. Así que hay momentos en que no hay nadie para ofrecer ayuda y orientación. A Monica le preocupa que muchos inmigrantes liberados que necesitan asistencia se queden sin recibirla.
“Porque somos un grupo muy pequeño de voluntarios y necesitamos con urgencia gente que ayude, sobre todo quienes manejan varios idiomas. Solo estamos aquí en la mañana, porque si hace demasiado calor, ni nosotros lo aguantamos. O estamos agotados, ¿verdad? Entonces nos vamos a casa a las 11, 12, 1 de la tarde y ya terminamos por el día. No tenemos suficiente gente para poder estar aquí de 3 a 5 de la tarde”.
Mark dice que rara vez tratan con funcionarios de ICE. Pero cuenta que un agente de inmigración dio a entender que no estaba de acuerdo con la política de liberaciones al azar y que quería coordinar los horarios de salida para que los voluntarios estuvieran ahí a la hora adecuada para ayudar. Hay otras señales de que la política del gobierno de Trump de infligir crueldad intencional a quienes han sido capturados no es compartida por todas las personas que trabajan en el sistema.
“Cuando he hablado con los guardias de transporte, que son contratistas, no ICE. Son muy claros. Quieren que sepas que el trabajo es solo mover gente”. Mark cuenta cómo uno de esos guardias se deslindó de las acciones abusivas de algunos agentes de ICE: “Sabes, toda esa crueldad y esas cosas, ese no soy yo. Eso es ICE. Quiero que sepas que yo hago papeleo y los traigo aquí y los llevo de regreso, y esa es mi participación”.
Monica describe el caos diario frente a la sede de ICE. Las mesas de registro para quienes fueron citados a una entrevista se instalan en la banqueta. No hay sombra que atenúe el calor, que muchas veces pasa de los 100 grados, ni techo por si llueve, ni sillas para las personas enfermas, ni espacio suficiente.
“Esta gente está amontonada, 30, 40 en una fila, esperando a que digan su nombre. Ves que la, la banqueta no es tan ancha. ¿Entonces a dónde se van? Se desbordan a la calle. Entonces, mi pregunta es por qué no interviene la ciudad. ¿Por qué no el condado, el Departamento de Salud? Esto es un riesgo de salud pública, un problema de salud pública”.
Ni la ciudad de Fresno ni el condado han ofrecido ayuda, y ambos tienen la política de no interferir en las operaciones del gobierno federal. Eso deja la tarea de cuidar a quienes quedan atrapados en el brutal sistema de deportaciones en manos de personas como Mark Godfree, Monica Butterfly y sus compañeros. Su servicio a la humanidad quizá pase casi inadvertido, pero lo recordarán por mucho tiempo quienes recibieron su ayuda.
